Es la opinión que tiene el papa Francisco, respecto a la reflexión del evangelio dominical y que profundizó en su mensaje del ángelus este 10 de noviembre. Subrayó las palabras de Jesús en las que recordaba que Dios es un Dios de vivos y no de muertos. 

La resurrección se basa internamente en la fidelidad de “Dios que es el Dios de la vida”, dijo en su reflexión previa al rezo del Ángelus este domingo 10 de noviembre en la plaza de San Pedro del Vaticano. 

Así mismo, desde una de las ventanas del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre se adentró en el significado del mensaje evangélico dominical de este domingo en la que se nos ofrece una estupenda enseñanza de Jesús “Sobre la resurrección de los muertos que viene muy bien en este mes de noviembre en el que rezamos de modo particular por los difuntos”, señaló.

 

Jesús no cae en la trampa 

El evangelista narra cómo Jesús es interpelado por algunos saduceos, los cuales no creían en la resurrección y “Lo provocan con una pregunta insidiosa”. Hacen referencia a un caso paradójico basado en la ley mosaica: ¿de quién sería esposa en la resurrección una mujer que hubiera tenido siete maridos sucesivos, todos ellos hermanos, los cuales, uno tras otro, hubieran muerto? “Jesús no cae en la trampa y replica que los resucitados en el más allá ‘no tienen ni mujer ni marido: de hecho, no pueden morir más porque son iguales a los ángeles y porque son hijos de la resurrección, son hijos de Dios’”.

El papa Francisco en su mensaje dominical del Ángelus

 La dimensión terrena no está sujeta a la muerte 

Ante tal cuestionamiento al Señor, indica el papa Francisco que Jesús invita a sus interlocutores, y “También a nosotros, a pensar que esta dimensión terrena en la que vivimos ahora no es la única, sino que hay otra, no sujeta a la muerte, en la que se manifestará plenamente que somos hijos de Dios”, sostuvo. 

continuación, compartimos el mensaje del papa Francisco en el ángelus del domingo 10 de noviembre:

La página del Evangelio de hoy (cf. Lucas20, 27-38) nos ofrece una enseñanza maravillosa de Jesús sobre la resurrección de los muertos. Algunos saduceos, que no creían en la resurrección, provocaron a Jesús con una pregunta algo insidiosa: ¿De quién será esposa tras la resurrección una mujer que ha tenido siete maridos sucesivos, todos ellos hermanos, y que han muerto uno tras otro? Jesús no cae en la trampa y responde que los resucitados en el más allá «ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección» (vv. 35-36). Así responde Jesús. 

Con esta respuesta, Jesús invita, en primer lugar, a sus interlocutores ―y a nosotros también― a pensar que esta dimensión terrenal en la que vivimos ahora no es la única dimensión, sino que hay otra, ya no sujeta a la muerte, en la que se manifestará plenamente que somos hijos de Dios. Es un gran consuelo y esperanza escuchar estas palabras sencillas y claras de Jesús sobre la vida más allá de la muerte; las necesitamos sobre todo en nuestro tiempo, tan rico en conocimientos sobre el universo, pero tan pobre en sabiduría sobre la vida eterna. 

Esta clara certeza de Jesús sobre la resurrección se basa enteramente en la fidelidad de Dios, que es el Dios de la vida. De hecho, detrás de la pregunta de los saduceos se esconde una cuestión más profunda: no sólo de quién será esposa la mujer viuda de siete maridos, sino de quién será su vida. Es una duda que atormenta al hombre de todos los tiempos y también a nosotros: después de esta peregrinación terrenal, ¿qué será de nuestras vidas? ¿Pertenecerá a la nada, a la muerte? 

Jesús responde que la vida pertenece a Dios, que nos ama y se preocupa mucho por nosotros, hasta el punto de vincular su nombre al nuestro: es «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (vv. 37-38). La vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte. Es egoísmo. Si vivo para mí mismo, estoy sembrando la muerte en mi corazón. 

Que la Virgen María nos ayude a vivir cada día en la perspectiva de lo que decimos en la parte final del Credo: «Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna». Esperamos el más allá. 

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