Conozca cuál es la ley del evangelio

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Compartir| La alegría de la salvación se debe compartir para participar todos del Reino de Dios.

Consiste en no guardar para sí la salvación, así lo expresó el papa Francisco en su mensaje semanal de los miércoles en la audiencia general. Esta es una ley del Evangelio “Cuando un creyente experimenta la salvación no la guarda para sí mismo, sino que la pone en circulación”, dijo Su Santidad  

Cabe señalar que el pastor de la Iglesia Universal y Obispo de Roma continua con la serie de Catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles, las que a la fecha suman 19 reflexiones en torno a la historia de la cristiandad que recoge San Lucas en este libro del nuevo testamento. 

A continuación, el mensaje completo de la audiencia general del segundo miércoles de enero 2020 

El libro de los Hechos de los Apóstoles, en su última parte, nos dice que el Evangelio continúa su camino no sólo por tierra sino también por mar, en una nave que lleva a Pablo, prisionero de Cesárea a Roma, al corazón del Imperio, para que se cumpla la palabra del Resucitado: «Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra». Leed el libro de los Hechos de los Apóstoles y veréis como el Evangelio, con la fuerza del Espíritu Santo, llega a todos los pueblos, se vuelve universal. Tomadlo. Leedlo. La navegación, desde el principio, halla condiciones desfavorables. El viaje se vuelve peligroso. Paolo aconseja no continuar la navegación, pero el centurión no le hace caso y se fía del piloto y del armador. El viaje prosigue y se desencadena un viento tan furioso que la tripulación pierde el control y deja que el barco vaya a la deriva. 

Cuando la muerte ya parece cercana y la desesperación invade a todos interviene Pablo que tranquiliza a sus compañeros diciendo lo que hemos escuchado: «Esta noche se me ha presentado un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien doy culto… y me ha dicho: ‘No temas, Pablo; tienes que comparecer ante el César, y mira, Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo’». Incluso en la prueba, Pablo no deja de ser el custodio de la vida de los demás y el que alienta su esperanza. Lucas nos muestra así que el proyecto que guía a Pablo a Roma pone a salvo no solamente al Apóstol, sino también a sus compañeros de viaje, y el naufragio, de una situación de desgracia, se convierte en una oportunidad providencial por el anuncio del Evangelio. 

Al naufragio le sigue el desembarco en la isla de Malta, cuyos habitantes demuestran una cálida acogida. Los malteses son buenos, son humildes, son acogedores ya desde aquella época. Llueve y hace frío y encienden una hoguera para que los náufragos tengan, por lo menos, calor y alivio. También aquí Pablo, como verdadero discípulo de Cristo, contribuye a alimentar el fuego con algunas ramas. Mientras lo hace es mordido por una víbora, pero no sufre ningún daño. La gente, al verlo, dice “¡Pero este es un malhechor porque se salva de un naufragio y además le muerde una víbora!”.  

Esperaban el momento en que cayese muerto, pero no sufre daño alguno e incluso le toman por una deidad, en vez de por un malhechor. En realidad, ese beneficio proviene del Señor resucitado que le asiste, según la promesa hecha antes de subir al cielo y dirigida a los creyentes: «Agarrarán serpientes en sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». Dice la historia que desde aquel momento no hay víboras en Malta; esta es la bendición de Dios por la acogida de este pueblo tan bueno. 

En efecto, la estancia en Malta se convierte para Pablo en la ocasión propicia para dar «carne» a la palabra que anuncia y ejercer así un ministerio de compasión en la curación de los enfermos. Y esta es una ley del Evangelio: cuando un creyente experimenta la salvación no la guarda para sí mismo, sino que la pone en circulación. «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad a las necesidades de los demás». Un cristiano «probado» puede ciertamente acercarse a los que sufren y hacer que su corazón se abra y sea sensible a la solidaridad con los demás. 

Pablo nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la «certeza de que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor será seguramente fecundo”. El amor es siempre fecundo, el amor a Dios siempre es fecundo y si te dejas tomar por el Señor y recibes los dones del Señor, podrás así darlos a los demás. El amor a Dios va siempre más allá. 

Pidamos hoy al Señor que nos ayude a vivir cada prueba sostenidos por la energía de la fe; y a ser sensibles con los numerosos náufragos de la historia que llegan a nuestras costas exhaustos, para que también nosotros los recibamos con ese amor fraterno que proviene del encuentro con Jesús. Esto es lo que nos salva del frío de la indiferencia y de la inhumanidad.  

 

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