El viernes previo al inicio de la Semana Santa es conocido por muchos como el Viernes de Dolores, porque se enaltece y venera a una Madre enlutada, con una espada atravesándole el corazón, con lágrimas en sus ojos y con sus manos de dedos entrelazados en señal de la angustia que brota de su alma. Es la Virgen María. Esta mujer llena de dolor está representando a todas las madres del mundo que han pasado por la prueba de amargura sin límite de ver morir a un hijo.

Según señalan algunos expertos, antes del Concilio Vaticano II existía esta celebración en el calendario Romano, pero se suprimió porque era una de las conmemoraciones que se tenían dos veces en el calendario, y el Concilio suprimió las celebraciones duplicadas, ya que el 15 de septiembre, también se conmemora a Nuestra Señora de los Dolores. Por lo que solo quedó en la devoción popular.

En la tercera edición del Misal Romano (2000), hay un recuerdo especial a los Dolores de la Santísima Virgen en la celebración ferial de ese día, introducida por el papa San Juan Pablo II. La Santa Sede y las normas del Calendario Litúrgico contemplan que, en los lugares donde se halle fervorosamente fecunda la devoción a los Dolores de María y en sus calendarios propios sea tenida como fiesta o solemnidad, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente con todas las prerrogativas que le son propias. (Cf. Tabla de los días Litúrgicos, Misal Romano).

Importancia

Santa María es la que llevó en su seno al Salvador del género humano, la que lo meció en sus brazos de madre amorosa, la que lo buscó llena de angustia junto con su esposo José, cuando no lo encontraban en la caravana que los regresaba a casa…. y más tarde lo hallaron en el Templo con los doctores de la Ley cumpliendo la voluntad del Padre celestial, la que lo tuvo durante treinta años en el calor del hogar, hogar de amor y trabajo.

María, la que lo vio partir un día y fue cuando su corazón supo que, «había llegado la hora»… La que supo de su vida de predicación, de peregrino recorriendo caminos, aldeas y ciudades…

María, la que supo de una corona de espinas que rompió la suave piel de la cabeza del hijo querido, de una espalda abierta por profundas heridas de salvajes latigazos, de unos dulces ojos nublados por el dolor, la que lo vio cargando con un madero…. y caer.

María, la que vio como atravesaban con clavos sus manos y pies amadísimos y como era levantado en alto para quedar entre dos ladrones…..

María, la que vio al hijo queridísimo, al hijo bueno, al hijo santo, al Dios hecho hombre convertido en una figura rota y doliente, lleno de polvo, con el rostro sucio y triste, con el cabello, que ella tantas veces acarició, ahora pegado en su cara, endurecido y aplastado por la sangre reseca….Esa María que vivió todo eso….fue una Madre dolorosa.

No bajaron los ángeles para enjugar sus lágrimas. No hubo ningún paliativo celestial ni milagroso que aminorara el dolor de la Madre de Dios. Ella soportó la muerte del hijo de pie, con el corazón roto pero de pie, volviendo a decir «si» a la voluntad del Altísimo.

Y allí, por mandato de su hijo agonizante, se convirtió en nuestra madre.
Madre de misericordia. Madre de la Esperanza.
En este mundo tan difícil y desorientado, Cristo nos la dejó, nos la dio para que sea nuestro faro y consuelo de nuestras penas, porque nadie como Ella lleva mejor el nombre de Madre Dolorosa.

 

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